¡Qué alguien le diga algo!

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La muerte esperaba paciente en una de las esquinas de la calle. Desde las ventanas algunos vecinos señalaban a un hombre que caminaba en esa dirección y murmuraban entre ellos de su suerte.
—¡Qué alguien le diga algo! ¿Qué no ven cómo anda? —dijo la señora.
El muchacho de arriba, que había salido también a mirar cuando escuchó la boqueta de la señora, dijo:
—La gente tiende a fijarse cuando (según ellos) el otro anda desviado, pero pasan por alto su propio extravío. Sigue leyendo “¡Qué alguien le diga algo!”

Noticias del más allá

Un hombre, que tenía problemas de memoria, estaba sentado en la parada del autobús. Después de quince minutos sintió hambre, y como no recordaba si había desayunado, comenzó a comerse el almuerzo que tenía preparado para la mitad de la jornada.
Luego de comer y beber, se levantó y siguió caminando sin saber ni el por qué ni hacia dónde; aunque con la resolución de seguir caminando porque se sentía con energía para caminar… gente, carros, casas, hasta llegar al parque y detenerse a mirar una banca que le pareció familiar. Se sentó y, después de un profundo suspiro, miró a su derecha y ahí estaba el diario.
Primera plana: “encuentran hombre muerto, muerto del susto en una banca del parque al recordar vívidamente, en un viejo papel de diario, su propia muerte”.

[favor de comunicarse con el autor (con toda confianza) si no se ha entendido este incomprendido microrrelato.]

La hilera de un sueño

Florecitas plantadas en un verde tiesto,
como el musgo, que crece,
por la humedad de la constante lluvia
y la lenta soledad del tiempo.

Como el caracol, que se arrastra sin prisa,
y no es que carezca de impaciencia,
pues está condenado a echarse el tiempo
sobre su concha.

El día declina
como hombre que se agacha
y se acomoda sobre su lecho,
aunque no de muerte aún,
sino de un cansancio
que el tiempo le arrebata.

Como ladrón oscurecido en la sombra,
que con garras de bestia
violenta el espacio
que un otro pensó muy suyo.
¿Por cuánto tiempo?

Ese raro momento

Ese raro momento...
flotan los dedos,
casi no los alcanza el pensamiento.
No interrumpas, razón;
no sé si puedas con esto.
Buscas con afán un sentido
que se escapa de ti, y de mí.
Corres tan de prisa,
y de prisa busco escapar de tu intento 
de ponerle freno
a las palabras precisas que dan forma a un verso
que se muestra en tu ausencia.

Ese raro momento...
descubro que escucho en silencio,
o más bien creo que siento
un ritmo que va o que viene; no sé.
Me detengo, froto mis ojos, estiro los dedos.
No busco un verso, no busco rima;
siento que persigo
o que soy perseguido tal vez.
Sí, a veces siento que soy la presa,
y escribo porque no puedo hacer otra cosa.
Porque cuando escribo voy llenando, cazando;
o me voy vaciando y siendo cazado.

Tú estás aquí y yo contigo

Para qué buscar entender esto, querida mía;
blanca lucesita de mi alma.
Suspiro que se me escapa
después de una larga jornada.
Cielito de un azul inesperado.

Te rodeo con mis brazos si hace frío,
tú te recuestas de mi hombro.
Caminamos de la mano,
y el mundo se hace tan pequeño.
Las hojas caen más despacio,
el desierto se hace una vereda
que ilumina un vivo jardín.

Y para qué buscarle sentido a todo esto.

Tú estás aquí y yo contigo;
eso es lo que importa.
Si alguien le quiere poner alguna etiqueta
y llamarle amor (o como quieran llamarle), 
pues que así sea; 
a mí me da lo mismo.

Estado del paciente

Síntomas: desvarío, sueños sin sentido aparente; maripositas y conejitos, etc.
Posible causa: Sobredosis de Literatura (demasiada ficción).
Tipo de narcóticos: una extensa novela (sin mención de nombres por asuntos editoriales, etc.), incesante repetición de unos cuantos relatos cortos; escritura a puño y letra en las paredes entre dormido y despierto; mucho café con leche.

*El médico recomienda, no manda, sino que recomienda abandonar la literatura y el café, o el paciente acabará perdiendo por completo la cordura.