Los de respuesta negativa

Caminaba por el parque muy de prisa, cosa que siempre suele pasar; para todas las demás cosas uno tiene tiempo de más, pero para ir a caminar al parque no hay tiempo suficiente.

(Puede que el lector identifique un dilema en esto que acaba de leer o puede que piense que esto es un asunto que no es discutible, porque de todos modos es muy rara la ocasión en que se puede ir a caminar tranquilo al parque; o sea, sin prisa, y sin interrupciones vagas e innecesarias.)

La verdad es que no salí con el propósito de dar un paseo por el parque, sino que: “Caminaba a través del parque”.

Te podías dar cuenta, si te fijabas unos pocos segundos después de mí, que pasaba un raro señor de gran bigote (era inevitable fijarse en su gran bigote). La cuestión es que ese bigotudo me ha estado siguiendo desde muy temprano en la mañana.

Hace varios días llamó a mi puerta un hombre y una mujer con apariencia semejante a la de mi perseguidor: gafas oscuras, intimidante seriedad, chaqueta con una extraña insignia; lo único que les faltaba eran los bigotes. Se me ofreció tomar parte en un cierto porcentaje de la población conocido como ‘los de respuesta positiva’. Pero resultó ser, que no estuve de acuerdo y me inscribieron junto con ‘los de respuesta negativa’. Casi tuve que echarlos de mi casa, pues su intento de convencerme se tornó inapropiado. Lo último que dijeron fue “no hemos terminado contigo”.

Esa desafiante declaración quedó impregnada en mi sistema nervioso. Los estuve esperando ansioso, preguntándome ¿quiénes son?, ¿qué quieren de mí?, ¿por qué tanta insistencia en separar a la gente en grupitos? Al cabo de varios días, y al ver que todo seguía normal, me olvidé de aquella amenaza.

No fue hasta esta mañana, que no pude evitar darme cuenta de que había una imagen extraña que se repetía en mi reflejo. Después de unos largos minutos y después de yo haber acelerado el paso entró una llamada, cuando miro el teléfono, “desconocido”, y yo no contesto llamadas privadas (o desconocidas). Luego volvió a sonar, y lo ignoré, y volvió a sonar una vez tras otra; hasta que respondí la llamada.

¡Hello!

―Mera, Carlitos, ¿qué haces?

―¿Por qué me estás llamando privado? ― dije, sin dejar de caminar.

―¿No te has enterado de lo que está pasando? Lo han anunciado por todos los medios. Van de cacería, Carlitos, esta gente no saben aceptar un no por respuesta.

Y así mismo, de repente, después de varios segundos, y sabiendo muy poco, se cortó la llamada.

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