El Sr. Fastidio

Ninguno de los que allí estuvo podrá olvidar la horripilante manera en que el Sr. Fastidio acabó sus días en la tierra. Los más cercanos a él habían hecho un pacto entre ellos con el propósito de soportarlo a pesar de su constante quejadera, su actitud siempre pesimista y su increíble capacidad de andar señalando las faltas de los demás. 

Había algo raro en el Sr. Fastidio que la gente del pueblo comenzó a notar: la cabeza se le acrecentaba como un globo en inflación, y las extremidades provocaban asco o terror por un anormal crecimiento. A pesar de que se quejaba de dolores de cabeza y de palpitaciones como martillazos en el pecho, se negaba a recibir atención médica, por lo costosa que le resultaba.

Estar cerca de él era una agotadora, y hasta espeluznante, experiencia. La gente del pueblo lo veía caminando por la acera, y cruzaban la calle o se metían por los callejones con tal de no escuchar su cantaleta pesimista. Escucharlo era doloroso: después de varios minutos te sentías cansado, hasta angustiado. Los efectos de exponerte a su balbuceo egoísta te duraban hasta la hora de dormir, y resultaban en un insomnio de varias noches o, lo mínimo, en terribles pesadillas.

Durante una de las fiestas anuales en que el pueblo conmemora sus comienzos, el Sr. Fastidio tomó la palabra. Con un piquete de arrogancia comenzó a hablar de sus grandes aportaciones a través de los años, de lo poco que algunos habían añadido al enriquecimiento del pueblo y de la deficiencia de los gobernantes en cumplir su tarea. “… y no esperen que las cosas mejoren, porque no lo harán. ”, concluyó, tosiendo saliva y sangre. 

Desde el más pequeño hasta el anciano, boquiabiertos, le prestaron atención. Pero no por lo que decía, sino por como se veía. Parecía una olla de presión hirviendo: su cabeza se había inflado tanto que hasta humo salía por sus oídos. Sus ojos brotados. Sus extremidades lucían espantosas ya de tanto hincharse por la rapidez y la fuerza con que su corazón se estremecía; como si su propio cuerpo se hubiera hastiado de cargar con él. ¿Qué pasó después?  Eso lo testifican mejor aquellos que no pudieron esquivar los pedazos del pobre Sr. Fastidio.

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