Parálisis

Gatos y más gatos: cuentos de gatos, fotos y videos de gatos; me tienen harto con los gatos. Salgo de casa pensando en esto y, enredándose entre mis pies, un dichoso gato azabache. Me tropiezo con el gato y, dándome la vuelta para no caer de cara al suelo, caigo de nalgas, y así continúo cuatro escalones abajo. Llevo varias semanas en terapia por un intenso dolor de espaldas que me provocó esa caída. Quién quiere leer otro cuento de gatos. Qué estupidez, comenzar un cuento, o hasta ponerle de título utilizando la palabra gato: “el gato negro”, “el dichoso gato”, o simplemente “el gato”.
Tenía yo unos nueve años de edad cuando me dio con fastidiarle la vida a los gatos: arrojarle piedras, patearlos de vez en cuando si es que lograba alcanzarlos o cogerlos desprevenidos. Hasta que una noche ―y en esto te juro que no miento―, uno de esos primeros gatos que había alcanzado a patear, se metió por la ventana de mi dormitorio. La ventana estaba abierta por causa de una infernal noche de verano: húmeda, sudorosa. Después de lograr quedarme profundamente dormido, un ruido en la ventana me hizo abrir los ojos de par en par. Como una sombra borrosa delante de mí, y presionando sobre mi pecho, con sus suaves, asquerosas y peludas patas, estaba el dichoso gato ese, ―no el que recién me hizo tropezar y caer, sino el que pateé agarrándolo desprevenido por allá a mis nueve años―. Venganza, vi en sus profundos ojos brillosos. Pues claro, ahora lo veo así, a mis nueve años probablemente pensé otra cosa; tal vez me vino al pensamiento el cuco, algún monstruo salido del armario o que alguna bruja malvada cazadora de niños andaba muy cerca. Cuando por fin se aclaró mi vista, despejándome del sueño, me enteré de que era el gato que había probado mi zapato esa misma tarde. Era como si él supiera que toma tiempo que mis pupilas se ajusten para poder ver en medio de la poca claridad que la luna alcanzaba asomar por la ventana, y en tanto eso ocurría, lo escuchaba casi pronunciar palabras. Parecía un recién nacido molesto, incómodo por alguna cosa que lo perturba: un llanto desgarrador. Y qué hice, nada; no porque no quise: quedé paralizado. Otros tal vez den patadas, griten o corran del susto, pero yo no pude hacer nada: parálisis, sabes. Después me enteré de que eso se llama Inmovilidad tónica: reacción cerebral que explica por qué muchas personas se quedan paralizadas en una situación traumática. Y lo más terrible es que esto ya lo había soñado muchas veces. No era el mismo gato ni el mismo lugar, pero sí me había quedado paralizado en el sueño. Queriendo gritar, desesperado por dentro; queriendo correr, crujiéndome los huesos del temblor por el horror de querer moverme pero tan incapaz de hacer algo: tan impotente. El maullido del gato ―ese tipo de sonido que ellos hacen cuando se pelean unos con otros― parecía expresar palabras en algún idioma extraño; después de completar las mismas frases, haciendo una incómoda presión en mi pecho, empujaba fuerte, hasta que se desaparecía dentro de mí.
Han pasado ya tres meses desde la caída; las terapias no han funcionado. Llevo dos semanas recluido, no solo por la parálisis absoluta que sufro durante las noches calientes de verano, sino por comportamientos extraños, de los que ―y en esto te juro que no miento― no soy consciente de nada. Es durante esas noches en que vuelvo a soñar con el gato que me recita oraciones extrañas, aunque ya no me suenan tan extrañas; al menos durante el sueño. Las recito con el felino antes de que él haga uso de mi parálisis. No tengo idea de lo que hago, el doctor no ha querido darme detalles al respecto. Cuando soy consciente, después de yo no sé cuantos días, estoy atado a la cama de brazos y piernas; sedado: drogado como un tonto que ya no tiene control sobre su propio cuerpo.

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