Adam

Fui formado del barro:
del agua, y de esa tierra
rojiza como el fuego.
Moldeado, 
como vasija en manos de alfarero.

Fui dotado de vida
con el soplo de SU aliento.
Llegué a ser un ser
con una vida más elevada que la vida animal,
aunque un poco menor que los ángeles.

Fui hecho, de alguna manera
que sobrepasa mi entendimiento,
semejante (en no pocas cosas asombrosas)
a mi Creador.

Con capacidad de expresar amor, y sentir afecto;
de planificar mediante la reflexión
y ejecutar decisiones de acuerdo a conclusiones.

Di nombre a cada ser viviente,
criaturas que fueron sujetas a mi cuidado.
Cada quien estaba con un otro;
cada dos, en pareja; perfectamente complementados.

Pero en mí permanecía aún
aquella costilla,
de la cual ella fue tomada;

y al verla venir,
en detallada y hermosa figura,
y después de un profundo sueño,
exclamé con nuevo asombro:

¡Esta es carne de mi carne, y hueso de mis huesos!

El maderero

Al cabo de varios años la tierra volvió a ser poblada por lejanos peregrinos. Ninguno de los cuales podía pasar por alto al hombre que ya estaba en aquella tierra cuando ellos llegaron. Todos los días salía temprano al bosque con su hacha, algunas tiras de soga y una cantimplora. <<¿Para qué querrá tanta madera?>>, se preguntaban. Le llamaron “El madererito”, no porque fuese un hombre de baja estatura, sino que hacían burla de su vana ocupación.

Aconteció que una noche, después de haber disfrutado de un día bastante soleado, irrumpió sobre ellos una terrible tormenta de nieve. Al enterarse de que no tenían con que proteger a sus familias del frío, uno de los jefes de familia se arrastró como pudo hasta la cabaña del maderero.

―¡Oiga, maderero! ―llamó el hombre varias veces.

Cuando por fin abre la puerta le hace señas para que entre; pues la tormenta no ha cesado.

―Póngale precio a su madera… ―dijo el hombre―. Por un tiempo nos pareció inútil e improductiva la tarea que lo hemos visto dedicarse cada día, pero mira lo que ha acontecido, y no tenemos leña; nuestros niños no podrán resistir mucho.

El maderero le pidió que le acompañase a su taller. De camino le comentaba, con una voz muy calmada, que su propósito con lo que hacía no era enriquecerse, que ni siquiera buscaba estar preparado para calentar su cuerpo durante aquella inesperada tormenta; que hacía lo que hacía para mantener caliente y viva su alma. Al llegar al taller le mostró todas sus obras talladas en grandes y pequeños pedazos de madera.

El Narrador

Después de haber entrado (dominado por cierta atracción), razoné que debí quedarme afuera. Para cuando tomé la decisión ya se había confundido mi orientación entre los opuestos. En ese instante me topé con la nada, o con el todo, no lo sé. Comencé a sentir que formaba parte de aquella aún reducida expansión; la cual aunque parecía limitada en espacio (pues estaba como ceñida a mi cuerpo), ocurría que con cada sonido que emitían mis cuerdas vocales, se expandía creando el lugar necesario para mis palabras; las que dejaban de ser mías en tanto abandonaban mi cuerpo, y pasaban a ser historias en las vidas de sus recipientes.