El viejo y el nuevo hombre

Una intensa lucha (cuerpo a cuerpo)
de deseos que se contradicen, que se aborrecen
que se repelen; que no conviven,
nunca,
en dulce paz.

El uno es contrario, agresivamente, al otro;
aunque en ocasiones parece que se asimilan
así sea nada más que un poco;
pero en la raíz de los motivos
claramente se distinguen.

A la luz de Dios y su Palabra
todo queda al descubierto,
y el hallazgo es tan claro como el día.

Cuando el viejo hombre pide a gritos su alimento:

el deseo desordenado de los ojos,
y el vano orgullo que busca ser exaltado;

el nuevo hombre busca en Cristo ser hallado
y de Su Espíritu ser frotado como ungüento.

El extraño deseo del “presente”

El presente se vio amenazado con el extraño deseo de no estar; queriendo evocar o tal vez ser trasladado a algún otro tiempo, si fuese posible, a un espacio producto de la imaginación; de alguna especie de predicción, o de alguna posibilidad inexistente.

Y este extraño deseo surge porque él quiere ver si de esa manera puede entender a aquellas tristes criaturas que observa todo el tiempo, tan de cerca y con mucho detenimiento. Y cansado ya de mirar a esas pobres criaturas desgastadas por sus rutinas inacabables, que se agobian la vida pensando siempre en lo que pueden llegar a ser, en lo que puede pasar, o en lo tan felices que estuvieran si las cosas fueran de esta u otra manera; o simplemente detenidos en aquellos días mejores, ya olvidados en calendarios viejos, con fechas que parecen extrañas cuando se leen; cansado de esto y de otras cosas más, deseó no estar. No necesariamente por no ser tan aceptado y querido como los otros… o tal vez esa fue la razón.