La hilera de un sueño

Florecitas plantadas en un verde tiesto,
como el musgo, que crece,
por la humedad de la constante lluvia
y la lenta soledad del tiempo.

Como el caracol, que se arrastra sin prisa,
y no es que carezca de impaciencia,
pues está condenado a echarse el tiempo
sobre su concha.

El día declina
como hombre que se agacha
y se acomoda sobre su lecho,
aunque no de muerte aún,
sino de un cansancio
que el tiempo le arrebata.

Como ladrón oscurecido en la sombra,
que con garras de bestia
violenta el espacio
que un otro pensó muy suyo.
¿Por cuánto tiempo?

Cuando el jardín florezca

Cuando el jardín florezca,
amor mío,
te llenaré de flores la vida…
Cuando surja de la tierra
el esfuerzo de mi amor por ti
y la gracia del cielo
entre la lluvia y los rayos del sol
fortalezcan nuestra unión,
esposa mía,
te llenaré de flores la vida.

A veces somos

La vida es un jardín
nosotros, ¿qué más?
A veces somos espinos y cardos,
mala hierba;
a veces somos cizaña. Sigue leyendo “A veces somos”

Quieres arrancarme

Quieres arrancarme
y llevarme contigo
para siempre…
Pero, ¿qué ganas con eso?
Si no me cuidas debidamente
me marchitaré:
perderé la belleza, la frescura,
la vitalidad…
Voy a secarme a tu lado;
y tú te irás
y te buscarás una nueva flor
en algún lejano jardín.

Aquella única flor

Había una única flor en aquel desolado jardín: única por su soledad y también por su belleza. Aquella flor se mantenía siempre erguida y refulgente delante de los ruidosos rayos del sol. Cada estación del año había tratado de ejercer dominio sobre ella, intentando afectar su hermosa apariencia, sin ningún resultado. Sigue leyendo “Aquella única flor”