La hilera de un sueño

Florecitas plantadas en un verde tiesto,
como el musgo, que crece,
por la humedad de la constante lluvia
y la lenta soledad del tiempo.

Como el caracol, que se arrastra sin prisa,
y no es que carezca de impaciencia,
pues está condenado a echarse el tiempo
sobre su concha.

El día declina
como hombre que se agacha
y se acomoda sobre su lecho,
aunque no de muerte aún,
sino de un cansancio
que el tiempo le arrebata.

Como ladrón oscurecido en la sombra,
que con garras de bestia
violenta el espacio
que un otro pensó muy suyo.
¿Por cuánto tiempo?

Adam

Fui formado del barro:
del agua, y de esa tierra
rojiza como el fuego.
Moldeado, 
como vasija en manos de alfarero.

Fui dotado de vida
con el soplo de SU aliento.
Llegué a ser un ser
con una vida más elevada que la vida animal,
aunque un poco menor que los ángeles.

Fui hecho, de alguna manera
que sobrepasa mi entendimiento,
semejante (en no pocas cosas asombrosas)
a mi Creador.

Con capacidad de expresar amor, y sentir afecto;
de planificar mediante la reflexión
y ejecutar decisiones de acuerdo a conclusiones.

Di nombre a cada ser viviente,
criaturas que fueron sujetas a mi cuidado.
Cada quien estaba con un otro;
cada dos, en pareja; perfectamente complementados.

Pero en mí permanecía aún
aquella costilla,
de la cual ella fue tomada;

y al verla venir,
en detallada y hermosa figura,
y después de un profundo sueño,
exclamé con nuevo asombro:

¡Esta es carne de mi carne, y hueso de mis huesos!

Y si caminamos de la mano

Y si caminamos de la mano
y mostramos que el verdadero amor todavía existe.
Y si tú y yo nos amamos
y juramos
permanecer juntos hasta la muerte;
aunque nos tengan por locos.

Y si te dedico poemas
y te trato como a una dama,
como a vaso más frágil.
Tú y yo, un hombre y una mujer,
como Dios lo diseñó;
aunque nos miren como locos.
Aunque intenten anular nuestro amor
y le pongan el sello de anticuado o ficticio.

La causa de su muerte

“Si he de ser entregado a la muerte, a esa vieja solitaria que no se sacia; ese inmortal parásito que se alimenta de los vivos hasta consumirlos; lo haré llevando conmigo el peso de un verdadero hombre, y no la liviandad de un simple mortal.

Hoy soy condenado injustamente y me llevan a la horca, no por otra razón que por negarme a hacer a un lado mis principios. Hoy moriré; como un hombre inocente descenderé al Seol. Tal vez por esa causa sea devuelta mi alma del lugar de los muertos. Pero ustedes, seré yo quien los visite, no les será necesario ir a mi tumba, ni mantener adornado con flores mi epitafio. Si hoy he de descender con mis antepasados al Seol, volveré por ustedes tarde o temprano”.

Esas palabras hicieron eco en los oídos de Calan, el responsable por la muerte de los que permanecieron fieles a su voto: aquella manada pequeña de hombres inocentes que se habían visto obligados a dejar a sus familias a su propia suerte.

Calan estaba recostado en su cama sin poder conciliar el sueño; temiendo lo peor. “No es posible tal cosa”, se decía a sí mismo mientras intentaba detener el insoportable temblor que le había comenzado a estremecer todos los huesos de manera espantosa. “El que ha muerto no puede jamás regresar, Dios no ha dado tal potestad a los hombres. ¿Cómo se atrevió a decir que regresaría de los muertos?”. Calan se puso de pie y comenzó a caminar de lado a lado mientras se fumaba un cigarrillo tras otro: “¿Y si es verdad que si alguien es muerto siendo inocente le es permitido visitar al responsable de su muerte?”.

A esa hora de la noche mandó a llamar a las familias de los fieles muertos y les dio tierras, riquezas y les suplió de lo necesario para que nada les hiciera falta, y así sentir aliviada su culpa, y también para tener argumento que presentar al muerto cuando cumpliera con la promesa de su visita.

Pero tanto fue el terror que le invadió día y noche, y tan agravada la amargura de su culpa que habiendo perdido el sueño por varias semanas, le afectó terriblemente en la pérdida de peso; luego le invadió la demencia y, finalmente, la muerte. Estando ya en el lugar de los muertos, viéndose desnudo y sin poseer nada de lo que decía ser suyo; ni siquiera la virtud de haber sido un hombre fiel; le preguntaron los allí presentes por la causa de su muerte, a lo que él respondió: “Me mató un muerto que yo mismo puse en la horca; la horrible espera de su visita me atormentó y acortó mis días en la tierra”.

Participación para: Los 52 Golpes

De la misma esencia

Mientras el alfarero del pueblo estaba trabajando en las vasijas para la fiesta de la pascua que se aproximaba, un jovencito se acercó al taller y le preguntó qué cosa había usado para formar vasijas tan hermosas. Sigue leyendo “De la misma esencia”