Su gran tesoro

Algunos minutos después de haber ganado un poco más de lo que había traído consigo, y cuando el hombre ya estaba por irse, llegó un tipo, puso unos cuantos dólares sobre la mesa y apuntó al uno y al otro, como quien no quiere la cosa… Después de un rato salió el tipo con un saco lleno.

El hombre indagó sobre su paradero, y fue a darse la vuelta por su casa. Lo vio por el patio, estaba tirando las últimas paladas de tierra sobre aquel espacio de terreno; supuso que había enterrado el dinero que acababa de ganar. Esperó hasta que cayera la noche. Cuando todo parecía estar en calma, el hombre escaló el muro a ciegas y cayó reventado del otro lado. Mientras se arrastraba hasta el lugar donde le pareció ver que estaba todo aquel dinero bajo tierra, pensaba en todas las cosas que podía tener con una buena suma en su posesión.

Cegado con ese pensamiento comenzó a hundir las uñas en la tierra. Los parpados estirados de extremo a extremo, la adrenalina en su pecho era insoportable; sus manos se movían desesperadas anhelando dar con su gran tesoro. Cuando por fin dio con algo que se sentía más blando que la tierra, aumentó la velocidad… después de tres horas y siete pies de profundidad, se descubrió un cuerpo desgastado, y el rostro, era el suyo.

Gracia para enmendar

Experimentó muy de cerca la muerte, pero el SEÑOR de la vida le otorgó en silencio, y de pura gracia, un tiempo extendido en que, habitando aun en ese mal usado cuerpo, y a pesar de haber desperdiciado el tan preciado regalo del presente, pudiese enmendar algunas de aquellas tan necias tomadas decisiones; las más de ellas sin tener en cuenta segundas y terceras consecuencias. Le sirvió de bien vivir el nuevo día a la luz de la eternidad.

La causa de su muerte

«Si he de ser entregado a la muerte, a esa vieja solitaria que no se sacia; ese inmortal parásito que se alimenta de los vivos hasta consumirlos; lo haré llevando conmigo el peso de un verdadero hombre, y no la liviandad de un simple mortal.

Hoy soy condenado injustamente y me llevan a la horca, no por otra razón que por negarme a hacer a un lado mis principios. Hoy moriré; como un hombre inocente descenderé al Seol. Tal vez por esa causa sea devuelta mi alma del lugar de los muertos. Pero ustedes, seré yo quien los visite, no les será necesario ir a mi tumba, ni mantener adornado con flores mi epitafio. Si hoy he de descender con mis antepasados al Seol, volveré por ustedes tarde o temprano».

Esas palabras hicieron eco en los oídos de Calan, el responsable por la muerte de los que permanecieron fieles a su voto: aquella manada pequeña de hombres inocentes que se habían visto obligados a dejar a sus familias a su propia suerte.

Calan estaba recostado en su cama sin poder conciliar el sueño; temiendo lo peor. «No es posible tal cosa», se decía a sí mismo mientras intentaba detener el insoportable temblor que le había comenzado a estremecer todos los huesos de manera espantosa. «El que ha muerto no puede jamás regresar, Dios no ha dado tal potestad a los hombres. ¿Cómo se atrevió a decir que regresaría de los muertos?». Calan se puso de pie y comenzó a caminar de lado a lado mientras se fumaba un cigarrillo tras otro: «¿Y si es verdad que si alguien es muerto siendo inocente le es permitido visitar al responsable de su muerte?».

A esa hora de la noche mandó a llamar a las familias de los fieles muertos y les dio tierras, riquezas y les suplió de lo necesario para que nada les hiciera falta, y así sentir aliviada su culpa, y también para tener argumento que presentar al muerto cuando cumpliera con la promesa de su visita.

Pero tanto fue el terror que le invadió día y noche, y tan agravada la amargura de su culpa que habiendo perdido el sueño por varias semanas, le afectó terriblemente en la pérdida de peso; luego le invadió la demencia y, finalmente, la muerte. Estando ya en el lugar de los muertos, viéndose desnudo y sin poseer nada de lo que decía ser suyo; ni siquiera la virtud de haber sido un hombre fiel; le preguntaron los allí presentes por la causa de su muerte, a lo que él respondió: «Me mató un muerto que yo mismo puse en la horca; la horrible espera de su visita me atormentó y acortó mis días en la tierra».

Participación para: Los 52 Golpes

¿Dónde, dónde… Las corrientes de ese río?

Bajo la escasa y seca sombra
de ese árbol solitario,
que entre círculos deambulan
hambrientos buitres su corona,
está un hombre que se mece
entre la muerte y un quieto canto; Sigue leyendo «¿Dónde, dónde… Las corrientes de ese río?»

Más allá de girasoles

Se despidió,
como quien lo hace para siempre,
sin que el tiempo sepa cuanto
ni que el llanto se interponga.
Sigue leyendo «Más allá de girasoles»