Expectativas desconocidas

Nos queremos demasiado, sí, nos queremos mucho. Aunque a veces parece que ella no entiende todo ese cariño, o que no le sea del todo suficiente. No ha dicho palabra alguna, es por la miradita esa que se le escapa de tanto en tanto, tan inquieta; es como si esperase algo más, no sé; o alguna cosa diferente, o tal vez a algún otro que no sea yo. Porque después de haber hecho esto y lo otro, y de habernos querido tanto, hasta el agotamiento, nos encontramos siempre ahí, como suspendidos, como errantes, en esa mirada de ella.

Una mirada que dice muy poco: una mirada casi desconocida; lejana. Una mirada desparramada en el horizonte; o hacia arriba, extraviada, como una estrella de esas fugases, destinadas a ningún lugar. Una mirada que pretende, a mi entender, ser interpretada, y que tal vez espera de mí lo que para mí es aún desconocido.

No sé, uno se cansa, tú sabes, o se agobia de tanta tristeza por no saber… las campanitas del balcón, el café por la tarde; las pláticas, las risas y el jazz; un buen ambiente. La pasamos tan bien. Y parece como si todo estuviera bien, pero de nuevo eso, la mirada de ella: desparramada y extraviada, y todo eso.

Es como me siento, me siento tan desarmado, tan como nada. Es como volver a vivir el mismo lamentable episodio una y otra vez; es como nunca darle al blanco. Al principio te sientes como si le has dado al blanco, y te sientes tan feliz, para después darte cuenta de que aun lo que pensaste ser no fue suficiente.

En silencio

Le pregunta si la ama,
No como dudando, sino,
Como necesitando escuchar palabras como esas.
En silencio la toma de la mano...
El cielo está claro;
Despejado, alto y claro.
Y la noche está en silencio
Como él...
Como el amor, en silencio.
Él la abraza, y la escucha.
Ella lo siente, y lo sabe;
que está ahí para ella.
Y de vez en cuando, procurando no sonar habitual,
Él le dice que la ama,
Ella necesita también escucharlo.

Me fue dado un verso

Me fue dado un verso,
un verso de ti.
De esos que permanecen desnudos
pues no hayas palabras
con qué revestir.
Crudo impulso en el alma;
muda sensación.

Quedé paralizado intentando comprender. Llegué a la conclusión de que tales expresiones no son para el (deleite del) poeta, sino (posiblemente) para cierto determinado lector. Así que, dibujé entre palabras lo que pude. Inventé una que otra letra haciendo una combinación de las ya conocidas, y aunque el resultado permanecía fuera de mi (absoluta) comprensión, pude sentir que aquel mismo impulso estaba desbordado sobre el papel. Me deshice de aquel verso como pude, espero le halles algún sentido.

Aquella única flor

Había una única flor en aquel desolado jardín: única por su soledad y también por su belleza. Aquella flor se mantenía siempre erguida y refulgente delante de los ruidosos rayos del sol. Cada estación del año había tratado de ejercer dominio sobre ella, intentando afectar su hermosa apariencia, sin ningún resultado. Sigue leyendo “Aquella única flor”

El Narrador

Después de haber entrado (dominado por cierta atracción), razoné que debí quedarme afuera. Para cuando tomé la decisión ya se había confundido mi orientación entre los opuestos. En ese instante me topé con la nada, o con el todo, no lo sé. Comencé a sentir que formaba parte de aquella aún reducida expansión; la cual aunque parecía limitada en espacio (pues estaba como ceñida a mi cuerpo), ocurría que con cada sonido que emitían mis cuerdas vocales, se expandía creando el lugar necesario para mis palabras; las que dejaban de ser mías en tanto abandonaban mi cuerpo, y pasaban a ser historias en las vidas de sus recipientes.