La hilera de un sueño

Florecitas plantadas en un verde tiesto,
como el musgo, que crece,
por la humedad de la constante lluvia
y la lenta soledad del tiempo.

Como el caracol, que se arrastra sin prisa,
y no es que carezca de impaciencia,
pues está condenado a echarse el tiempo
sobre su concha.

El día declina
como hombre que se agacha
y se acomoda sobre su lecho,
aunque no de muerte aún,
sino de un cansancio
que el tiempo le arrebata.

Como ladrón oscurecido en la sombra,
que con garras de bestia
violenta el espacio
que un otro pensó muy suyo.
¿Por cuánto tiempo?

Vaciedad

Tengo la sed de los hombres;
de los mortales.
Sed de tiempo
de querer
de soñar y sentir;
de libertad
de amar y vivir…
Siento que todo se me agota
que la vida se me pasa;
que muero muy de prisa. Sigue leyendo “Vaciedad”

¿Dónde, dónde… Las corrientes de ese río?

Bajo la escasa y seca sombra
de ese árbol solitario,
que entre círculos deambulan
hambrientos buitres su corona,
está un hombre que se mece
entre la muerte y un quieto canto; Sigue leyendo “¿Dónde, dónde… Las corrientes de ese río?”

Recuerdos de un roble

Fueron muchos los días de verano que te abrigaste bajo mi sombra. Yo extendía mis brazos un poco más allá de lo que podía, sentía un ligero dolor, pero lo hacía para que el reposo de mi sombra hiciera que te quedaras un rato más. Los pajaritos nos hacían compañía, y tú te ponías tan contenta; tu sonrisa, tus carcajadas; tarareabas y cantabas en un sin fin. Por momentos engañabas el paso del tiempo sobre mí: llegué a pensar que tales episodios se repetirían para siempre.

Desde entonces he llorado incontables otoños, he despertado cada primavera con nuevos brotes de amor para tu encanto y tu abrigo durante los calurosos días de verano. Por mucho tiempo no dejé de expandirme hasta donde me fuese posible, para ver si así me notabas, pensando que tal vez te habías extraviado del camino.